Llevamos unos cuantos años leyendo acerca de un mantra de la automatización que repite que los robots van a acabar con nuestros trabajos. Y aunque se trata de una idea que se ha ido repitiendo cada vez que se han producido innovaciones importantes desde la primera revolución industrial, este cierto alarmismo no es sorprendente.

Hoy en día, la mayor parte de la investigación sobre este respecto se ha enfocado en la progresiva introducción de robots en la fabricación industrial y en los algoritmos que ayudan a que la automatización de las tareas rutinarias vaya siendo cada vez más importante. Es innegable que los cambios tecnológicos están suponiendo el reemplazo de puestos de trabajo, afectando así directamente al empleo. Pero no es menos cierto que tomando como referencia la historia de la Industria del último siglo, el trabajo depende del equilibrio entre las nuevas tecnologías que han ido surgiendo, y que han reemplazado el empleo humano, y las tecnologías de reinstauración del trabajo, que generan nuevas tecnologías. Unas tareas en las que los humanos tienen una ventaja comparativa.

Seguramente, el ejemplo más clásico de una tecnología que reemplaza mano de obra es el de los robots en las fábricas de automóviles. Las líneas de montaje en la industria de la automoción han pasado de contar con trabajadores en todo su recorrido a contar con distintos elementos robóticos que han sustituido a la gran mayoría de los operarios. La tecnología ha reemplazado en gran medida el esfuerzo humano directo a la hora de conformar un coche.

El futuro próximo

Si los avances en la automatización y la Inteligencia Artificial acabarán en un futuro próximo por eliminar la mayor parte de la presencia de los trabajadores no es posible predecirse del todo todavía. De hecho no hace falta más que revisar cómo es una planta de producción industrial de las más modernas para comprobar que no es así.

El desarrollo de tecnologías que faciliten nuevas tareas para las que los trabajadores están más preparados, podría perfectamente conducir a un futuro mejor para los trabajadores, por más que pueda sonar como optimista. Un ejemplo que invita a ser optimistas a este respecto es el que tuvo lugar a partir de la década de los 90 del pasado siglo. Así, la entrada masiva de los ordenadores en las oficinas de las empresas llevó a una reducción importante en el número de secretarias y mecanógrafas pero, a su vez, provocó la aparición de técnicos informáticos, desarrolladores de programas de software y de consultores TI.

Cabe añadir que la economía no solo está viviendo un desarrollo tecnológico en cuanto a la automatización y la Inteligencia Artificial, sino que en sectores ligados en muchos casos a la industria como el sector servicios, las nuevas vías desarrolladas en el mismo abre un insondable universo de posibilidades de empleo en el futuro próximo.

De todos modos, a medida que la automatización se universalice, incluso las técnicas y los robots más avanzados seguirán siendo propensos a sufrir defectos. Siempre serán necesarias actualizaciones de software y piezas y equipos que tendrán que fabricarse y montarse. Por tanto, tarde o temprano, un gran número de especialistas en robótica, que hoy en día no constituyen ni el uno por ciento de la población activa, tendrán que incorporarse al mercado laboral. Algunas industrias se beneficiarán de este proceso antes que otras. Entre ellas, en principio, la industria automotriz, transporte, logística, electrónica, robótica y las renovables. Nuevos fabricantes, ingenieros, expertos en mantenimiento y profesionales, equipados con habilidades novedosas, se unirán a la fuerza laboral en gran número, encontrando trabajo en nuevas empresas. Existen estudios que han revelado que por cada robot que se ponga en uso, se creará un promedio de tres nuevos trabajos.

Brazo robotico en una planta

Medidas públicas

En todo caso, las nuevas tecnologías tienen y tendrán reseñables implicaciones en el estado del trabajo en la industria. Por eso es importante incorporar, en paralelo a estas, otras medidas que impulsen el desarrollo de las formas de tecnología más adecuadas para generar más empleos y buenas retribuciones. Como sucede cada vez que se produce un cambio de escenario de dimensiones como el que se avecina, son las políticas públicas las que deben propiciar el mejor de los cambios de escenario. Y entre las mismas, existe un consenso bastante generalizado de que los siguientes son algunos de los aspectos más a tener en cuenta para ser llevados a cabo.

Planes públicos que supongan inversiones en oportunidades de capacitación laboral. De esta manera se podrían preparar a los trabajadores para poder llevar a cabo trabajos derivados de las necesidades que implica la creciente automatización y la introducción de tecnologías como la Inteligencia Artificial.

Reformulación de la fiscalidad con el fin de reducir las subvenciones dirigidas al capital en relación con el trabajo. De esta manera, se reducirían los incentivos existentes para sustituir de manera eficiente la mano de obra por capital.

Enfocar las subvenciones hacia tecnologías que tengan como objetivo el desarrollo de nuevas tareas que permitan que los trabajadores sean recolocados y que, de esta manera, continúen en las empresas manteniendo un nivel de ingresos adecuado.

Una apuesta clara por facilitar transiciones más fluidas en la fuerza de trabajo a través de la inversión de mayores recursos en seguros sociales y de desempleo, con el fin de cubrir las situaciones de que aquellos trabajadores que son recolocados en puestos que impliquen menores ingresos y de los que sufran una pérdida del trabajo.

Confianza

En todo caso, aún es muy pronto para realizar una predicción certera acerca de la implicación a largo plazo de los avances tecnológicos para el empleo en la Industria. Mirando al histórico no se puede negar que la tecnología sustituye puestos de trabajo, pero también se convierte en una oportunidad para la creación de nuevos trabajos. Y muchos de ellos, de manera impredecible mientras se está produciendo la transformación tecnológica.

Por eso, no tiene ningún sentido aferrarse a las previsiones más agoreras, y más sabiendo que las capacidades para adaptarse a los cambios de los seres humanos no suelen tenerse en cuenta en momentos disruptivos como el actual. Pensar que las tecnologías más novedosas no seguirán precisando de capital humano en las empresas de producción, no parece una afirmación por la que sea muy seguro apostar.

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